Defender la vida: historias de mujeres que transforman las injusticias en dignidad
Artículo de Oscar Toro. Periodista (D.E.P.) Su mujer y él fallecieron en el accidente de trenes de Adamuz. Escrito póstumo.
Elena Lorac soñaba con estudiar en la universidad. Sin embargo, esta residente en República Dominicana, por su origen haitiano fue rechazada por las reglas de un Estado que discrimina por motivos de raza. “Ser afrodescendiente es un motivo de rechazo”, asegura Elena.
Esta historia, recogida en el libro “Defensoras. Raíces que inspiran, luchas que cuidan, unión que transforma”, editado por la Fundación InteRed, con el apoyo de la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo), es un recorrido vital por las historias de mujeres y activistas latinoamericanas que hacen de la lucha contra las injusticias su manera de evitar el silencio y la invisibilidad frente a la dignidad de las personas. Estas defensoras, que en la mayoría de los casos han sido víctimas de racismo, violencia, machismo, discriminación o pobreza, responden desde la lucha, en cierta medida, casi como un acto de supervivencia. Defender ya no es una elección abstracta si no una forma de estar ante la vida. Es la motivación para hacer posible una vida más digna e igualitaria para ellas y el resto de las mujeres de sus comunidades. Es evidente que las defensoras, como el caso de Lorac, quien hizo de su herida el motor de lucha por el derecho a la identidad y la dignidad de las personas afrodescendientes, no surgen en contextos de derechos garantizados sino más bien en escenarios de carencia, violencia y exclusión.
En Bolivia, Nataly Arancibia entendió desde la infancia que ser niña implicaba límites: los juegos, los roles, las expectativas. En Guatemala, Juana creció viendo cómo la lengua, el origen indígena y la pobreza marcaban el acceso —o no— a derechos básicos. La conciencia social no aparece de golpe; se va acumulando hasta que ya no es posible mirar hacia otro lado, afirman de manera coincidente muchas de las entrevistadas. Juana, que pertenece a la comunidad maya, por su parte, afirma con rotundidad que “ser mujer, feminista y vivir mi vida abiertamente, sin pedir permiso, fue una victoria personal enorme”. La peruana Maju se describe como una niña “rebelde y contestataria”. Dice que tuvo que aprender, desde bien temprano, a defenderse frente al acoso y la burla.
La mayoría de las defensoras que aparecen en la publicación sostienen que, aunque no se hicieron activistas desde pequeñas, si consideran que desde la infancia fueron conscientes de la desigualdades existentes. Muchas recuerdan a sus madres y abuelas como mujeres que no han tenido acceso a la educación, o que fueron discriminadas en sus comunidades o sufrieron violencia por parte de los maridos o familiares.
Desde la Fundación InteRed, Beatriz Gallart, coordinadora de la publicación, explica que precisamente este libro es una propuesta metodológica dirigida a jóvenes para entender y trabajar conceptos como los derechos humanos, la dignidad y la justicia a partir de las historias vitales de estas mujeres valientes y comprometidas.
Otro aspecto recurrente y coincidente entre las defensoras es que casi siempre el silencio les ha pesado más que el miedo. Muchas de estas mujeres denuncian como las instituciones de sus países minimizan o callan estas vulnerabilidades o delitos, como, incluso, por ejemplo, las policías no actúan o como los medios de comunicación contribuyen a la invisibilidad. Esta realidad, sostienen estas mujeres luchadoras, les obliga a la necesidad de revindicar los derechos humanos porque el silencio y la invisibilidad se hacen insoportables.
Jenni, en Perú, lo comprendió al vivir ataques, insultos y violencia directa por su trabajo. “Defender derechos no es solo apoyar a las víctimas”, y además añade que “también tenemos que protegernos quienes defendemos”. El activismo implica riesgos reales, pero también la certeza de que alguien tiene que hacerlo, sostiene la defensora peruana.
Otra constante en las historias es el paso de lo individual a lo colectivo. Muchas defensoras comienzan intentando resolver su propio caso: una denuncia, un trámite, una situación de violencia. En el camino descubren que no están solas, que lo suyo no es excepcional. La experiencia personal se transforma en conciencia política cuando se reconoce en otras. Lo personal encuentra la respuesta en lo colectivo. En México, Blanca explica cómo la violencia constante en su barrio obligó a las mujeres a organizarse. Mientras que Rebe comparte que “he comprendido que no puedo sostener esta lucha sola: la fuerza viene del colectivo y de la comunidad que nos respalda. Defender ya no era solo reaccionar, sino cuidarse entre todas”. Por su parte, la boliviana Gladys Bolívar, tras años de violencia y desprotección institucional, encontró en la formación comunitaria, un camino para acompañar a otras mujeres. De la victimización nació el liderazgo. Ese liderazgo no es reconocido con facilidad. El machismo atraviesa incluso los espacios de lucha. Justina Romero, en Bolivia, señala al patriarcado —social y estructural— como uno de los principales obstáculos para que las mujeres sean reconocidas como lideresas. Aun así, las defensoras persisten, muchas veces pagando un alto costo personal y emocional.
Sostener la lucha sin romperse
Defender los derechos humanos no es un acto heroico aislado, sino una práctica sostenida que atraviesa la vida entera. La maternidad, el cuerpo, la salud mental, la economía. Luz Vílchez, activista peruana con polio, habla de perseverar en una ciudad que no está hecha para todos los cuerpos. Las defensoras surgen también porque hay vacíos que alguien tiene que llenar. En muchos territorios, el Estado es ausente, lento o directamente agresor. Las mujeres, históricamente responsables del cuidado, asumen también la defensa: acompañan denuncias, sostienen redes, crean espacios seguros, buscan a personas desaparecidas, educan, nombran…
El desgaste emocional es una constante. Por eso, muchas coinciden en algo fundamental: el autocuidado no es un lujo ni una traición a la causa. Más bien es una necesaria estrategia política para sostener la lucha en el tiempo. Sanar, descansar, apoyarse en redes es lo que permite seguir, afirman muchas de las defensoras. Quienes además coinciden al destacar que, a pesar del desgaste, una de las principales motivaciones las encuentran en intentar que las que vienen por detrás no hereden estas formas de violencias y desigualdades. Para las mujeres defender se ha convertido en una manera de romper con estos ciclos, además de transformar sus dolorosas experiencias en posibilidades para otras. Por eso insisten en nombrar lo que pasa, aunque incomode. En contextos donde decir “violencia contra las mujeres”, “racismo” o “emigrante” sigue generando rechazo, las defensoras sostienen la palabra como herramienta de cambio. Porque lo que no se nombra no se transforma.
Estas mujeres que defienden derechos humanos no se ven a sí mismas como heroínas. Se reconocen cansadas, con miedo, con dudas. Lo que las distingue no es la ausencia de temor, sino la decisión de no paralizarse. Su fuerza no está en la excepcionalidad, sino en la persistencia. Surgen porque no hacerlo tendría un costo demasiado alto: seguir viviendo en silencio. Y en ese gesto —hablar, organizarse, acompañar— convierten su historia personal en una causa colectiva. Defender, para ellas, no es solo una acción política. Es, en definitiva, su forma de vivir con dignidad.